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PERMANESCAMOS FIRMES PARA DAR FRUTO

  • 2 ene
  • 4 Min. de lectura

Iniciare leyendo la Palabra de Dios en el evangelio de:

 

Juan 15:16. No me elegisteis vosotros a mí, mas yo os elegí a vosotros; y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca: para que todo lo que pidiereis del Padre en mi nombre, él os lo dé.

 

Hermanos, qué afortunados somos de que el Señor nos haya elegido. Nosotros no elegimos al Señor, él nos eligió a nosotros, creo que es algo que debemos valorar.

Pero veo algunos sino es que muchos dicen, yo por mi cuenta estoy buscando al Señor, déjeme decirle que eso no es verdad, porque Él está siempre al pendiente y está escogiendo a los que han de ser añadidos.

 

Esto es lo maravilloso, porque todos los que le seguimos, ya sea que llevemos uno o muchos años, es Dios quien nos ha elegido, para un propósito, y esto nos lleva a tener un compromiso con nuestro Dios, y una responsabilidad.

 

Dios nos escogió y nos ha puesto para que llevemos fruto, y que nuestro fruto permanezca, aunque para mucho es difícil llevarlo. 

 

Pero cuando nosotros constantemente permanecemos dando ese fruto, estamos haciendo lo que verdaderamente quiere Dios de nosotros.

Claro está que no podemos ser como esos árboles que dan fruto solamente en su temporada. O sea, no podemos ser de temporada.

 

¿Y esto como lo lograremos? permaneciendo en Jesucristo, no hay otra forma.

 

El Señor nos dice en el evangelio de Juan 15:1-2 “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, le quitará; y todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto”.

 

El Señor Jesús es la vid verdadera, y el Padre, es el labrador, nosotros somos los pámpanos; ya que un pámpano es el brote verde que le sale junto con todas las ramas pequeñas que van saliendo, y junto con los racimos, con las uvas.

Entonces el Señor dijo: que todo pámpano que no lleva fruto, Él lo va a quitar; y todo aquel que lleve fruto lo va a limpiar, ¿para qué? Para que dé más fruto.

 

Es como cuando tenemos flores, o plantas, o arbolitos en nuestra casa y los cuidamos ¿Qué pasa cuando no los cuidamos? Se secan, se mueren, pero cuando los cuidamos, permanecen frondosos.

     

Por eso cuando el Señor empieza a limpiarnos, nos desesperamos, porque empiezan las pruebas, y ya no sabemos ni cómo librarlas.

 

Es necesario que el Señor empiece a limpiarnos para que empecemos a dar fruto, para eso, nos llama el Señor, para dar fruto y que permanezca.

 

Es entonces, cuando decimos: el Señor nos cuida y está con nosotros, es que está pendiente de que demos fruto. ¿Pero saben una cosa? Cuando el Señor empieza a limpiarnos, ahí es donde ya no nos gusta.

 

La verdad es que tenemos que estar limpios, y tal vez nos preguntemos ¿limpios de qué? limpios de pecado, ¿para qué? para que demos buen fruto.

 

“Ya vosotros sois limpios por la palabra que os he hablado. Estad en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid, así ni vosotros, si no estuviereis en mí”. Juan 15:3-4. 

 

Entonces dice el Señor estás limpio: Por la Palabra de Dios. Su Palabra nos limpia, y lo que está escrito, es para que demos fruto.

 

Pero tenemos que permanecer en Él, para dar ese fruto. Y si no permanecemos en Él, dice que no podemos llevarlo, pues el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, o sea, no puedo ir a predicar las buenas nuevas, si ni siquiera, conozco la Palabra de Dios.

 

Por lo tanto, no podemos dar fruto si estamos fuera de Él.

A veces me congrego, a veces no me congrego, ¿por qué? pregunta el Señor, tú sabes Señor que tengo muchas cosas qué hacer. 

 

El Señor se aleja de nosotros cuando cometemos toda forma de pecado, y nos dice, que, si nosotros no permanecemos en Él, no podemos llevar fruto, pero cuando nos alejamos de él, empezamos a morir, nos empezamos a secar y ya no servimos.  

 

Nos dice el Señor Jesús. “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer”. Juan 15:5

 

Dejemos que el Señor obre en nuestra vida, nosotros por sí solos no podemos dar fruto, y si nos alejamos del Señor nos secamos y morimos y no tiene caso que estemos en la vid, por lo tanto, es necesario que seamos un pámpano vivo que esté dando fruto.

 

Pero tristemente, hay hermanos en las congregaciones que están así, que vienen a la iglesia, pero no hay fruto en ellos, y, por lo tanto, no estamos haciendo lo que el Señor quiere de nosotros, ya que es necesario escuchar al Señor, para poder dar fruto.

 

En los siguientes versículos 6 y 7. Dice el Señor: “El que en mí no estuviere, será echado fuera como mal pámpano, y se secará; y los cogen, y los echan en el fuego, y arden. Si estuviereis en mí, y mis palabras estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho”.

 

Qué grande promesa, si permanecemos en Cristo, él permanece en nosotros; así como Cristo permanece en el Padre.

  

 “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”. Juan 15:8.

 

Cuando nosotros glorificamos al Padre es cuando estamos llevando fruto, y mucho y cuando ese fruto permanece, entonces también estamos glorificando al Padre.

 

“Más el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…”. Gálatas 5:22-23.

 

Por lo tanto, ese es el fruto que debemos dar, ¿para qué? Para que la gente reconozca que hay un Dios que le ama, de verdad. 

 

Porque por eso sabemos que el Señor nos ha elegido, ahora queremos permanecer en él, para que nos limpie, y empecemos a dar fruto.




Dios te Bendiga!!

 
 
 

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